ANUDAN EL CABO DE UNA CEREZA CON LA LENGUA

23 may. 2010

EL FLUJO QUEMA (II)



Estrangulada
por la visión del cable telefónico
pedí a tu lengua la máxima inclemencia.
Le pedí alcohol en el tajo sin sutura,
surf al pie del abismo.
Más de lo mismo, no. Pero no estabas.
Mis dedos detectives en la urgencia
recolectaron flores narcotizadas,
picos de alpinista, la sombra
de una intrépida escafandra abandonada.
Todo chorreaba y era de colores.
Con los colores me froté la boca y al revés.
Mi boca de mujer sorbiendo el precipicio.
Un caramelo hijo del desquicio
es esta boca de nena con crayones,
con frutas, con plumas y con dones
que el agua de la ducha
aquieta, apaga y deshace,
limpia y empuja a correr.



Foto: Irving Penn.

18 may. 2010

EL FLUJO QUEMA (I)


Era la disolución del tiempo.
Uno se aferra para quedarse.
Para irse, también.
Los pliegues de las sábanas
superaban los pliegues de los paños
barrocos. Estaban húmedos.
Tu dedo índice era todo lo que necesitaba
para sobrevivir.



Foto: Irving Penn, 1950.

14 may. 2010

CREDO


Creo en mi mano todopoderosa
que avanza, toca y quema
la superficie transpirada y urgente
de mi cuerpo.
Creo en mis dedos, sus expertos hijos,
amos y señores desclasados
de todos mis profanos y espléndidos
agujeros.
Multiplicados por obra y gracia
de mi imaginación
sin bozal, sin cierre, sin correa.
Nacidos de mi sed.
Padres de mis prosaicos
estremecimientos.
Descienden
hasta la dicha del culotte;
abren pliegues, lamen cavidades,
resucitan la suma inagotable
de mis nervios.
Suben partiendo mi córtex
hasta ese cielo que parece que sí
pero se corre y no
pero insinúa que sí
y ya no sé
ni quién ni para qué ni cómo
pero de la adorable cruz
de esta tensión
no hay quien me baje.
Parada y apoyada
de espaldas a Dios padre,
tan viva que vivo un poco más
y me declaro muerta.
Pobre el que no se atreve
a horadar
la santa configuración de cada hueco,
la descarriada erección de las salientes.
Creo en todo lo que está caliente:
la comunión de los flujos que me empapan
la hostia que me acercan y me niegan
para mi desesperación.
Subo a la cima del Everest descalza,
te anudo el cabo de una cereza
con la lengua.
Y es todo para mí.
No te doy nada. Nada.
Ni mi patito negro
con su boa de plumas,
ni el látigo de cuero
ni la gloria de los pasamanos
académicos
y las escaleras al infierno.
Ay, qué miedo que me dan
la lanza romana y los arqueros.
Que miren cómo tiemblo
(y no precisamente por sus armas).
Desde mi propio y servicial
toro mecánico,
todo forradito en terciopelo.
Revuelta, rendida, despeinada.
Los apóstatas me abanican
el índice.
Los apóstoles
se inclinan y bendicen
mi extenuación.