ANUDAN EL CABO DE UNA CEREZA CON LA LENGUA

30 ene. 2010

SÉ SOLO UNA BOCA DIÁFANA


Con tu mano en mi nuca, dame agua en la boca.
Que no exista un canal de comunicación
ni un pasadizo ni un puente ni escaleras.
Nada que tenga una forma precisa.
Todo disuelto, todo confundido,
paladeando colores derramados.
Tan sin borde, sin punto de fuga
cuando se está cada vez
más cerca.
Todo fugado, todo volcado en mí.
Sé un animal en paz con este mundo,
un animal tiernísimo.
Mi esófago está abierto y entregado,
quiero tu lengua hasta ahí
(donde solo hay conciencia
de un jardín desbordado,
de los botones desabotonados
en el centro desplazado de la flor).
Todo movido, todo corrido.
El animal se sumerge en el lago.
No me tires monedas,
no pidas tres deseos.
Todo cumplido, todo deshecho,
todos los cables cortados.
Todos los tallos erguidos.
El estallido de fosforescencias
deja ciego
al animal hundido en la tela.
Toca en cámara lenta
el destello evasivo de las algas.




Pintura: Ramo de flores de primavera
Pierre Auguste Renoir, 1886

27 ene. 2010

BANDERA ROJA


Es solo cuando veo sangre.
Tu mano suspende el recreo.
Guarda la campana. No se sale a jugar.
Tus ojos me editorializan desde el púlpito.
No se duda. No hay derecho a dudar.
Es solo cuando no me ves,
a pesar del triple subrayado.
Aunque haga señas y grite
como un futuro ahogado
mientras el mar se come
la línea de la costa.
El agua insiste en fluir.
Horada y rompe.
El viento es algo que sopla.
Sin viento nos enterraría
la proliferación enloquecida
de las cosas.
No soy tu fósil. Tu hotelito de hielo.
Mis articulaciones resisten tu candado.
Me desplazo. Me corro.
Estoy fuera de foco. Estoy fuera de campo.
Fuera de tu liturgia y de tu libro de horas.
Es solo cuando te acercás
con tu boca de sistematizar y devorarme.
Mi aleta caudal sabe
instintivamente
lo que hace.
No podrás alcanzarme, no tendrás tu bocado.
Nado hasta atravesar los bordes y desaparecer.






Foto: Adult females attack without provocation
(es lo que él cree)
Bob Carlos Clarke

25 ene. 2010

LA PRÓXIMA VEZ, UN MUDO


Así, sí.
Ay, así, así.
La boquita, mi amor,
cerradita.
Así. Así. Ay.
Callado, calladito.
Ay, ay ... ay.
Ay, así, así, así ...
Ay, ay...
No digas nada.
Aaaaah, aaaaaah,
ahahahaha ...
Ay, aha, aha, ay, ahhhh ...
Ah, así, sí, ahhhh, aha, ay ...
No hables.
Aha, aha, ahhhh, ay, ay, aaaaah ...
aaaaah, aaaaah, aaaaah, ahhhh, ahhhh ...
Ay, ¿por qué no te callás? eh,
eh, eh, que yo ya estaba,
yo ya estaba ahí ...
Fuck. Fuck. Fuck.
Fucking questions.
Que lo que más me gusta
es que se callen.
Cuántas veces
habrá que decírtelo
para que te enteres.
Fuck.


Esta vez no hay música. Por razones obvias. Solo el ruido de un par de patines arrojado contra la ventana del penúltimo cuarto. Y el ruido de cristales rotos. Y el crujido de los dos billetes establecidos más dos billetes adicionales (¿el precio de las palabras sobrantes?) que un hombre deja apresuradamente sobre la mesa del bar, ocultándose el rostro con las solapas de su impermeable y tropezándose al salir al desierto. Sin decir palabra. En silencio. Pero tarde. Muy tarde.

Foto: Just Loomis.

22 ene. 2010

DESHACERSE



Vengo a soltar y dejar entre tus piernas
cada una de las letras de mi nombre.
Vengo a perderme de vista,
a analfabetizarme de mí mismo,
a empujar con la lengua mis razones
en tu ciudad de niebla.

Aparto tu camisa
buscando la noche
que hace estallar el reloj
en mi cabeza.
Mis signos de interrogación,
mis instrumentos de navegación.
Los puntos de sutura.
Vengo a tu pila bautismal,
untada de saliva.
A descolgar del trapecio
tu hendidura.

Vengo a irme de todo.
A no poder narrarme.
A parirme por propia decisión
en tu espesura
que tira de mí,
que succiona de mí
señas particulares,
oficios y costumbres.
A ahogarme con mi tripulación
de silogismos y pares previsibles.
Para que cada número sea una bengala
que me ciegue y me permita ver
a oscuras.
Para morder lo impar y ser cifra
divisible
y no parar de dividirme
en tu estructura
infinitesimal.

En tu álgebra caliente y exiliado
de cualquier tiempo y de cualquier lugar
cada lunes vengo a disolverme,
a las tres de la tarde.
Cuando me voy, me dejo atrás,
no estoy donde creen que está
mi cuerpo.
Durante seis días no me extrañarás.
Te encerrarás a buscarme y me tendrás
en el flujo que te bese los dedos.



Foto: Francesca Woodman

20 ene. 2010

MÚSICA DE BABILONIA



Uno de los conejos se acercó a Clara, para que Clara encontrara este texto (¿esta carta?) amorosamente colocado en su boca, bajo su hocico persistentemente tembloroso. Es el Conejo de Hocico Tembloroso, el elegido para llevar mensajes. Clara vino hasta mí, a preguntarme si yo lo había escrito. Los hocicos de todos los conejos tiemblan. Pero el hocico de este conejo tiembla siempre. Yo, Perséfone, no he escrito esto. Clara sopló su flequillo (signo de curiosidad y de entusiasmo) y el papel se agitó levemente. Creemos que se trata del Pianista, que es el Pianista quien ha escrito sobre el Pianista y sobre nosotras y sobre sus amores, es decir, sobre las sutiles declinaciones de un mundo compartido, deliberadamente bautizado Babilonia.


En un rincón oscuro del cabaret, está el pianista. Nadie sabe cuál es el color de su piel, si va de sombrero o va de traje, si ríe o si su gesto es de pesadumbre.

Destellos de tibia luz rojiza llegan hasta sus pies que, evidentemente, se mueven al compás de la música adecuada.

Las putas del cabaret aman al pianista, unas más y otras un poco menos. Y el pianista ama a las putas, a algunas más que a otras. Aunque últimamente le ha dado una especie de ternura caprichosa por Clara. Y siempre ... Kitty (los niños primero).

Es un amor correspondido y casi absoluto, no absoluto. Un amor masificado de energías que no admiten distinciones jerárquicas, multiplicado en la desgracia o en el dolor inexpresable. Porque la formulación de la pena no es derecho de putas. La negación del dolor o su simulación es un imperativo implícito, así fuera padecimiento del corazón o migraña. Nadie paga por gozar o ver gozar (fantasía macha si las hay) a una puta triste.

Pero el pianista, que además de pianista es hombre de aguda percepción, es muy capaz de saber qué sucede en cada una de “sus chicas". Por eso ellas lo tienen como un cetro dorado.

El pianista es un tipo solitario. Sin mujer, sin hijos, sin perro. O sea, solo también. Se dice: solitario por carácter y solo por mala estrella.

Las putas son sus compatriotas. El cabaret, su isla en el culo del mundo. El piano, su dios irrefutable. Del piano fluyen, moldeadas con paladar divino, las miradas de las putas, las sonrisas auténticas y las de compromiso, las caricias onerosas y, también, los instantes de amargura y furia contenida. El piano dulcifica el mundo y los dedos del pianista son los abracadabras de un dios de bajísimo perfil.

Dicen que los conejos del cabaret se desploman estremecidos sobre el piano. No hay lugar para todos, pero cuando el pianista ejecuta la canción preferida de los conejos (una canción remota llamada The boxer), se arremolinan alrededor del piano subyugados por la cadencia lánguida de la melodía.

Eso no es extraño, aunque sí paradójico. Porque así como los conejos salen muchas veces de galeras encantadas, del piano surgen imágenes que no todos pueden percibir y que enamoran. Se precisa una cierta sensibilidad que los conejos poseen y que los devuelve ilusoriamente al seguro y cálido encierro de la galera. The boxer.

Hay una chica del cabaret que se jacta de vomitar conejos. Pero nadie debe creer eso. Los conejos están ahí desde mucho tiempo antes de que cualquier otro ser llegase, antes, incluso, de que alguien tuviese la loca idea de erigir esa estructura de piedra en la traicionera alfombra de arena de un desierto provisorio.

Por otra parte, los conejos son siempre los mismos, como las putas y el pianista. Pasan, sí, hombres desconocidos que se confunden en el fárrago nocturno con los “buenos” clientes. Como se confunde la invariable melodía del piano con el sonido incómodo y ahogado de los orgasmos fulminantes.

Esas estrellas fugaces que atraviesan los salones montadas en estertor y gemidos, sudor y espasmo y que, después, salen por la puerta del cabaret a perderse en el cielo infinito de todos los orgasmos que en este mundo han sido, transformados en polvo intrascendente del pasado.




Foto: El Pianista, por Hello Kitty.

A leer la carta del Pianista, nuestro amigo Migue rescató de su memoria esta escena de The Fabulous Baker Boys. Oh ... my goodness!, sí que nuestro pianista se parece a Jeff Bridges, aunque solo lo veamos en penumbras (y eso Migue lo sabe porque tiene un trompetista invisible y además esta hecho, Migue, de cine y música y palabras). Palabras no diré ni una acerca de las ocupaciones, en Babilonia, de Migue. Michelle nunca estuvo tan bella como en esta peli (especialmente cuando se extendió cual sirena deluxe sobre el piano) y, en cuanto a Jeff Bridges, todos en Babilonia profesamos el Dudeism. Todos los que vivimos acá tenemos, en definitiva, el espíritu de The Dude ... en The Big Lebowski.


18 ene. 2010

QUICIERA QUE ME LEAS EN VOS HALTA




(No hubo caso. Conociéndola, lo sabíamos. Todas las hetairas se ofrecieron. Pero Clara no quiso dictarle sus palabras a nadie).


Detráz de hestas plumas no ai nada. Nada falzo.
Pestanias poztisas. Unias esculpidas. Ciliconas.
Vajo heste flequiyo hes todo berdadero.
No hai prótecis. Colájeno. Sonido Dolvi-Estéreo.
Liposuxiones. Rejubenisimientos baginales.
Himplantes. Lácer. Vótox.Visturíes.
Solo javón y champú. Hagua que ríe
cuando me laba heste cuerpo soverano
que se reciste a las interbensiones.
No ai tatuages. Bendages. Hinsiciones.
Te habiso por si hestá en tus hiluciones
tocar una munieca retocada.
No soi una munieca. Pero bibo asomvrada.
Bibo con hestos hojos vien aviertos
ha los paisages que mi mano me depara
cada ves que me toco.
Soi la vuena salvage
prebia al contrato sosial.
Halgunos se pucieron de hacuerdo
sovre lo que hestá vien.
Y lo que hestá mal.
Tenés que olbidarte de los livros
para penetrarme.
Avolir la lei.
Quiciera que me leas
en vos halta
para ber,
para vever y avsorver
de qué hestoi echa
(porque en el cilencio,
hofisialmente, hestoi desecha),
cuál es mi horden,
cuál es mi materia.
Halguien como bos
tendría
que poder.




Foto: Just Loomis.

16 ene. 2010

EL PAÍS DE LOS NIÑOS



Kitty es mayor de edad,
aunque no lo parezca.
¿Pero qué es la edad?
¿Quién sabe dónde queda?
Kitty te cobra un juguete.
Hello, Kitty.
Hello Kitty no puede
o no sabe o no quiere
abandonar
la infancia.
Se quita las ligas
por una jirafa de madera.
Alza, recoge y ofrece
sus pezones
(sus botones
tímidos y salvajes)
por una muñeca veneciana.
Se corre la diminuta tira
de las bragas
para que te sumerjas
de rodillas
en su tajo empapado,
a cambio de un chinito
en bicicleta.
Humedece tu glande
mientras tomás su nuca,
por un par de monedas
de chocolate.
Se pone en cuatro patas
y juega con su cola,
si le dejás un perro
de peluche.
Hay noches cristalinas
en las que Kitty llora
sin consuelo.
Sin que nadie la escuche.
Su mundo en miniatura
es un refugio
donde no entran los lobos.
Hay noches estrelladas
en las que llueve.
Kitty se esconde
debajo de la cama
rodeada de sus frágiles tesoros.
Sus mariposas mudas de papel.
Sus enormes anillos de bisutería.
Sus trenes eléctricos y sus tazas de té.
Su geografía a cuerda. Sus ojos como lagos.
Noches en las que el miedo
paraliza y oxida
los giros de metal de su juguetería.
Hello Kitty deja rasgar su himen,
fascinada.
Rasgarlo del derecho y del revés.
Se detiene el miedo y cada vez
es la primera vez de Hello Kitty.







Fotos: Irina Ionesco.

13 ene. 2010

TU ESTANDARTE




Marianne vive dentro de las imágenes que cuelgan en las paredes negras del Salón de las Témperas. Como invariablemente va descalza, no necesita quitarse los zapatos para ingresar a los cuadros y fundirse con ellos de tal forma que se deshace en los colores y en las formas, hasta ser parte del soporte, hasta ser el soporte mismo. Ha dicho que Alice merece ser pintada, cuando se cuelga en el trapecio cada lunes, a las tres de la tarde. Y que quisiera perderse en los ojos de cinematógrafo de Manon. Marianne podría mutar en peca de la espalda de Ninette o en las diestras falanges ocultas bajo los guantes de Fausta.

Cuando sus clientes la reclaman, es Rolling Jenny quien, en bikini y patines, entra y comienza a girar en el Salón de las Témperas, cada vez a mayor velocidad. Cierra los ojos y señala una imagen: "Allí está Marianne", dice clavando los frenos. Entonces se acerca y susurra su nombre. Los colores tiemblan imperceptiblemente, las formas comienzan a agitarse y la imagen ondula. Rolling Jenny inclina la cabeza hacia un costado, luego hacia el otro, para asistir al brevísimo instante en el que Marianne cobra su forma real y pisa el mismo piso que sus patines. ¿Pero quién podría estar seguro de que existe una forma "real"?.

A Lucrecia H. le encanta Marianne. Y también Marianne Faithfull. No solo porque ahora en su madurez luce las perlas que asedian y acompañan a Lucrecia H., sino porque tiene bien claro que esta mujer, en sus épocas de ignífugo descontrol, le voló a varios chicos (incluido Mick Jagger) la cabeza. Y ahora juega de la mano de Polly Jean (Harvey), en una soberbia conjunción astral. Por eso Lucrecia H. musicaliza las palabras de Marianne con las de Faithfull, faithfully yielding to the elusive stirrings of Marianne.  

Soy tu estandarte.
Sigue mis pliegues, mi compás,
mi sextante. Sigue
lo que mis ojos ven,
lo que nadie advierte
en esta hora.
La oscilación levísima
de una brizna de hierba.
La huella insomne del lobo
en la hondonada.
Haz de mi cuerpo
tu patria irrenunciable.
Y de mí, lo que quieras.
Me dejo hacer.
Clávame la estocada
que me impulse a seguir,
a reír, a morder, a romper
el reloj detenido de tus vacilaciones.
Te pido que te vacíes en mí,
para ser completo.
Exígeme que lo reciba todo,
para no vaciarme.
No diré basta. No me retiraré.
Quiebro la lógica de tus ecuaciones.
Desátame los nudos de la sien.
Si nos quedamos quietos,
que sea para mirarnos a los ojos.
Para luego atrapar
el contorno adorable de tu rostro
con el cuenco que forman
las plantas de mis pies.

Conduzco tus ejércitos altivos.
Extraviados, exhaustos.
Vienen detrás de mí,
narcotizados. Sedientos.
Beben las hojas de mí,
estas bifurcaciones de mí.
Soy su mandrágora.
Hay que soltar a los muertos,
hay que dejarlos ir.
Vibra en las cuerdas
irredentas
de mis venas.
Redímelas de tanto hastío
imperdonable,
tanta traición urdida
sin mojarse en el mar.
Conságrame un altar
de flores lúmpenes.
Dame tus escaleras
para avistarlo y trepar
y creer y soñar y ser más alta,
aun más alta y valiente
que mí misma.




Pintura:    La libertad guiando al pueblo
                     Eugene Delacroix, 1830

Música:   The Mistery of Love
Canta:     Marianne Faithfull
Escribe:  P. J. Harvey

12 ene. 2010

CALL ME (TE ATIENDO YA)




Oh, Debbie Harry, que ruedas cual gata en celo, turquesa hasta en la sombra de los párpados, sobre una cama perfectamente circular y explícitamente anhelante. Que no tienes histeria ni más vueltas que las de tu propio cuerpo en combustión. Que no dices que sí-que no-que sí-que no. Que dices Sí. Que no dices te quiero-te odio-te quiero-te odio-pero-no-sé. Dices Te Necesito. Con el flequillo deshecho que cae como una lluvia recién salida de la ducha sobre la frente. Con anteojos negros para no encandilarse porque quema. Lucrezia H. adora tu frontalidad. A ver si te sostiene la mirada Richard Gere. A ver si puede mantener esa velocidad. El collar de perlas de Lucrezia H. estalla al musicalizar. Las perlas ruedan sin freno como Debbie Harry. Lucrezia H., la que no se entera del punto final, te está llamando.


Hoy te llamo
Convoco a tu cuerpo
Pronuncio el nombre de tus partes más dulces
Arengo la sangre de los capilares
Y de las venas que te erigen
Se me abre la boca
Mis labios profesan la mímica de tu ADN
Soy aura que tornasola el rojo
Y lengua que juega con el recuerdo de tu sal
La voz se me evapora
Exudo urgencia
Mi vulva secreta la caligrafía de tu apellido
Los pezones se rebelan a emballenados y moños
La erección de mi deseo apunta al Sur
Todo en mí se dilata y late
Ya solo veo la sombra de tu forma
Penetrando y presionando mis paredes más tensas
Husmeo el trazo de tu sexo
froto y doy señales de mujer que te conjura.

10 ene. 2010

EPÍSTOLA A LOS VATICANOS



Rosa redacta y lanza, desde el estado de emergencia del Salón Luxemburgo, sus manifiestos sexo-políticos. Rosa es nuestra punta de lanza, nuestra lengua que quema, nuestra perpetua guerrillera sublevada. Esta epístola ya fue enviada a los aposentos papales, vía un soldadito de la guardia suiza que frecuenta Babilonia. La foto que precede estas palabras pertenece a Rolling Jenny (también su contenido) y fue utilizada por Rosa a modo de estampilla.  

"Patético Maledetto XVI con bonete (y amigotes de tu calaña):

Hace calor. Mucho calor. ¿No tenés sotanas de manga corta? Doná tu cetro para un pole dance y tu mitra a un circo. Tu pasado te condena. Tu presente, también. ¿Sabés que lo que importa es el más acá porque desde el más allá nadie mandó postales, hasta ahora? Tu industria y su deprimente merchandising es, sí, Él tenía razón, el opio de los pueblos. Las cadenas de los esclavos devinieron coronas de espinas aprisionando la cabeza de los fieles. Preferimos el consultorio del psicoanalista a tu confesionario. Por lo menos ahí nos miran a los ojos, no nos juzgan ni nos imponen penitencias. Además, ¿quién te dio el diploma de traductor y consagrador de mártires y santos? Saliste de una fumata fascista, así que no vengas a hablarnos de democracia.

Rematá tu colección de obras de arte y repartí tu fortuna entre los pobres. Mostrá tu balance y justificá tu patrimonio. Cortala con la prédica contra el condón, genocida. Escupimos tu opresiva trilogía pecado/culpa/castigo. Escupimos tu leit motiv inculcado en la infancia taladrando cabezas: "por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa", golpeándose el pecho acongojado que debería estar, ciertamente, invadido por el placer y jamás por el miedo, dictadura paralizante e invisible.

Lavá tu babeante boca con lavandina antes de censurar a las putas. Mostramos lo que hay y prometemos lo que estamos en condiciones de ofrecer. No bendecimos ni condenamos en nombre de lo que jamás hemos visto y cobramos estrictamente por lo que entregamos. Y muchas veces no cobramos, porque los solitarios necesitan más nuestro oído que nuestro sexo.

Que tus amigos dejen en paz a los niños. Que se vayan todos. Tus homilías apestan y nos duermen. A la Maiolo te la mandamos nosotras. No quería saludarte, precisamente. Enterate. Antes de que se pudra tu institución, queremos una Papisa negra. Tus mocasines colorados son la decadencia en bicicleta y los ajuares y faustos cardenalicios, un insulto al pueblo. Escuchá heavy metal, a ver si se te ablanda la sesera y disfrutás de tu cuerpo en lugar de ofenderlo con tus pajas papales. Papanata.

Decime en qué ha contribuido tu corporación, aliada inveterada de militares y monarcas, al progreso de la humanidad. Capomafia. Tu retórica del sufrimiento es una tiranía y una obra maestra del cinismo.

Pedí perdón a los supuestos herejes asesinados por tu cofradía y mostrá tus instrumentos de tortura. Tratá de no tomarte siglos para las disculpas. Te metería en el orto el telescopio de Galileo, para que aprendas. Entre otras cosas, que los hombres también tienen un Punto G. Y que muchos lo descubren durante un masaje prostático en la revisión médica. Machista.

Nuestra genitalidad nos pertenece y no sos quién para decirnos cuándo, cómo, con quién y para qué ejercerla. Represor reprimido. Como buen represor.

Reconocé que los animales son mejores que las personas, a las que el capitalismo ha inoculado el veneno del consumismo y la avaricia espiritual. Parate delante de los tanques de guerra, para que no pasen y, para que si pasan, lo hagan sobre tu cadáver ofrecido en son de paz, ya que estás tan seguro de que nos espera un paraíso mientras sufrimos a lo bestia en este valle de lágrimas que no nos merecemos.

Desde Babilonia reivindicamos nuestro justo derecho a ser felices, mientras estemos vivos y sin pagar peaje. Hemos donado todos nuestros órganos para después de muertas, estremecidos por la belleza terapéutica del goce.

Si existe un Cristo, es el que nos contó Pasolini en su Evangelio según San Mateo. El tuyo es la víctima de un padre déspota.

No te tocaríamos ni con un chorro de soda. Ni aunque nos ofrecieras el baldaquino de Bernini. Y mirá que Bernini nos cae bien. Por sus fuentes lúdicas, especialmente, y ese elefantito precioso cerca (pero fuera) de Santa Maria sopra Minerva. Aunque le sacaríamos a sus esculturas todos los símbolos de tus antecesores. Ególatras.

Va este hitazo de Erasure para los seminaristas dubitativos que todavía puedan ponerse a salvo.

Nunca seré tu Rosa (creo que quedó claro)"


7 ene. 2010

EFECTO PATINAJE



Nada es estable ni es lo que parece
cuando aparece patinando
Rolling Jenny.
Quitate esa bikini, corazón,
mostrá la pista de las marcas del sol
sobre tu cuerpo.
Rolling Jenny es una autopista.
La perdición de los autostopistas.
La penetró todo el sol californiano.
No hay cazador al vuelo que se le resista.
Ni explorador que no asome y desvista
imaginariamente a Rolling Jenny.

Las mínimas stars & stripes del estampado
se escapan y se esfuman de costado
cuando rueda de salón en salón.
Tirar de las tiritas. Eso quieren,
los que extienden su mano, exasperados.
Rolling Jenny y su daikiri de colores
son la promesa evasiva de un tornado
que extenúe sus planes no planeados
y los deje agotados boca arriba.
Esa es la trampa de mi Rolling Jenny.

En su vulva quedan restos de arena.
Baldes, palitas y moldes de animales.
La sombra de una gorra con visera,
el reflejo de un sueño con palmeras
bajo las aspas de un ventilador.
Que alivie los vapores que marean
cuando Jenny se monta al pasamanos
y desciende en trance la escalera.
Quitate la braguita, corazón.
Convidame el cigarro de tu boca,
mientras te arranco el sostén,
mientras pierdo el sostén,
me vuelvo idiota.
Te desato el cordón de los patines
y mi cordura patina en tus confines.
Esa colita que te sujeta el pelo
es un delito penal no excarcelable.
Mi largo invierno se vuelve insoportable
en las gotas de sudor de Rolling Jenny.

Me tenso, inmóvil, observando sus flexiones,
sus trompos solitarios. Sus versiones
de la montaña rusa en plena playa.
Sus pezones erectos son visiones,
son relámpagos entre los cortinados.
En su vulva quedan restos salados
de la espuma que se filtró en los bordes.
Vengo a verla puntualmente cada tarde,
a obnubilarme con su risa. A iluminarme.
A lo lejos soy su crema untable,
su lona a rayas, su boomerang, su frisbee.
Su pelotita, su hueso comestible.
Sé que estoy viva mientras patina Rolling Jenny.





Foto: Just Loomis

5 ene. 2010

ARTE DE HACER LLOVER



Y ya se quita precipitadamente
las gasas y los tules.
Los pajaritos de colores que insisten en dormir
en los bucles que anidan
sobre los bucles ocultos de su cabeza.
Dobles bucles de seda donde caen y se enredan
los iniciados. Los inexpertos y los entrenados.
A los bucles salvajes de su entrepierna
los extermina de un soplo de ciclista.

"No me controlen. No me contradigan" 
Y ya arroja las faldas sucesivas
y desanuda con dedos imperiosos
los lazos tensos del corsé
que comienza y termina
bajo la curva demencial y sísmica
de sus arcos de leche condensada.
Se ha liberado de redes y cortinas.

Ha reiniciado el juego
de su primera y su última edad.
Es su hora líquida.
Arroja el terciopelo y el tocado
hecho de piedras y puertas
de ciudades perdidas.
Está desnuda y está colocada.
En el exacto centro de la sed
de las plantas
prohibidas.
Sale al jardín
para que sea inundado.
Se estremece y se moja
para hacer llover.

Su iris sigue el péndulo
del agua.
Una gota se asila
en su axila ofrecida
a las cascadas.
Que le anegan la nuca.
Le recorren y riegan
el canal
que divide su espalda.
Corren el maquillaje
que se corre
sobre su cara
de muñeca reanimada.

Los hilos
que penden de su vulva
penden.
Estalactitas de cristal
en suspensión,
desconcertadas.
Ninette ríe.
Contrae los labios
para succionar
las tanzas.
Como un caramelo
desaparecerán.
Y volverán sus amantes
a invocarlas,
para llevárselas,
cavando con la lengua,
al fondo desfondado
de sus gargantas.





Foto: Irina Ionesco.

3 ene. 2010

FÚNDAME

Fausta edita su propio material, su propio cuerpo, bajo la antigua araña de caireles del Salón Mélies.

video

Quiero nacer del roce implacable
de tu látigo.
Estimula el semen que prohijará
mi edad moderna.
Arrasa los altares consagrados
a los estériles dioses caídos
a tu paso.
Modela con tu mano el glande
que inundará la tierra
de las nuevas ciudades.
Mis torsiones, mis giros,
mis descansos.
Sé mi tren.
Beso los soles evasivos
de tu impermeable negro.
Los soles negros que serán
mi magma.
Clavo tus tachas de metal
en mi cintura
para que me sostengan.
Sé mi arnés,
hasta que pueda irme.
Yo no he tenido oficio,
no he sido hijo ni padre,
hasta tu lengua.
Dame parques, boulevares,
vapor.
Habítame de transeúntes presurosos.
Dame motores que atraviesen
mis arterias urbanas y me enciendan.
Quiero ser los cristales rendidos
ante el tacto perplejo de tus guantes.
Quiero ser cristal para cortarte
y probarte que nací y estoy listo.
Sé el cuenco que reúne
mis piedras dispersas de basalto,
la alteración de mi ónix,
la impúdica soberbia de mi jade.
Juega con mis pedazos
hasta vestirlos e investirlos de placer.
Sé el tutor que permite
el crecimiento erecto de mis tallos.
Yo lameré la imperceptible
gota de sangre en tu muñeca
mientras te alejes jugando
con los círculos
que cuelgan de tus párpados.
Querré ser tu templo.
La gasa que absorba
los flujos inflexibles de tu sexo.
Girarás la cabeza hacia otro acto.
En la estación guardaré en mi cabeza
los papeles profanos de tu fecundidad.
Nos separamos. Nos perdemos.
Nos alejamos en el anonimato.
Llevo tu nombre grabado
en mi talón.


Música: Adriano Celentano, Hai bucato la mia vita
Video: Salón Mélies, regido por Fausta
Fotos: Fotogramas de Berlín, sinfonía de una gran ciudad
            (Walter Ruttman)
            Fotos anónimas de Berlín